Categoría: Tendencias | Publicado el 01/11/2025
Cada 1 y 2 de noviembre, México se detiene a mirar hacia el otro lado. Las calles se llenan de flores, el aire huele a copal y los altares iluminan las casas con velas que no solo alumbran el papel picado, sino el camino de regreso para los que partieron. En el Día de Muertos, lo terrenal y lo espiritual se entrelazan en un ritual que trasciende el tiempo y la religión.
En los cementerios, las familias limpian las tumbas, colocan ofrendas y comparten comida con los difuntos, como si la muerte no fuera un final, sino una visita anual. “Es un día para recordar, no para llorar”, dice Doña Ernestina López, habitante de Mixquic, uno de los pueblos donde la tradición se vive con mayor intensidad. “Sabemos que ellos vienen, aunque no los veamos”.
El origen de esta festividad se remonta a las culturas prehispánicas, cuando los mexicas, mayas y purépechas celebraban el ciclo de la vida y la muerte como una continuidad. Con la llegada del cristianismo, las costumbres indígenas se mezclaron con las fechas católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, creando una de las expresiones culturales más emblemáticas de México.
Más allá del colorido y la tradición, el Día de Muertos es un acto de fe en la memoria. Las ofrendas —adornadas con pan de muerto, calaveras de azúcar, fotografías y los platillos favoritos de los fallecidos— son portales simbólicos que conectan dos mundos. El cempasúchil, con su tono dorado, guía con su aroma a las almas, mientras el copal purifica el ambiente para recibirlas.
En lugares como Pátzcuaro, Janitzio o Oaxaca, el misticismo se convierte en experiencia colectiva. Las luces de las velas reflejadas en el agua del lago, los cantos nocturnos y las sombras que se mueven entre los panteones crean un paisaje casi sobrenatural. Sin embargo, más allá del folclore y el turismo, la esencia de la celebración permanece: honrar la vida a través del recuerdo de la muerte.
“Es una forma de decirles que siguen con nosotros”, comenta el antropólogo Miguel Ángel García. “En el Día de Muertos, México no le teme a la muerte: la abraza, la decora, la invita a cenar”.
Así, entre flores, rezos y risas, el país entero se convierte en un altar viviente, donde el pasado y el presente se tocan por una noche. El Día de Muertos no solo celebra a los que ya no están, sino también a quienes, al recordarlos, mantienen encendida la llama de su existencia.